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Señores
cardenales;
venerados
hermanos en el episcopado;
autoridades
académicas;
queridos
alumnos:
1.
Es para mí motivo de alegría acogeros hoy, con ocasión
de la solemne celebración de los 375 años de historia
del Colegio Urbano y del 40° aniversario de la
institución de la Pontificia Universidad Urbaniana.
Saludo al cardenal Crescenzio Sepe y le agradezco las
cordiales palabras con que ha interpretado y expresado
vuestros sentimientos comunes.
Extiendo
mi saludo al rector magnífico de la Universidad, a los
cardenales, a los prelados presentes, a las autoridades
académicas, a los profesores, a los participantes en el
Congreso internacional y a los alumnos del Colegio y de
la Universidad, que aportan a nuestro encuentro el calor
de su entusiasmo.
Testigos
de la fe
2.
Mi inolvidable predecesor el beato Juan XXIII atribuyó
a la Urbaniana, precisamente en vísperas del Concilio
Vaticano II, el título de Universidad. Durante estos años
multitud de jóvenes – seminaristas y sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos – han recibido en ella
una formación espiritual y cultural que les ha
permitido prepararse para vivir la fe de manera sólida,
testimoniándola incluso en situaciones difíciles.
Ciertamente, algunos de ellos han entrado a formar parte
de los «testigos de la fe», caídos en el siglo pasado,
que recordamos con la conmovedora oración en el Coliseo
durante el Año jubilar.
Fundada
como Collegium por el Papa Urbano VIII con la bula
Immortalis Dei Filius, vuestra universidad, que lleva su
nombre, ha tenido desde el inicio una finalidad
misionera. La preocupación del Papa Urbano era
precisamente liberar a la Iglesia de las potencias
coloniales. En efecto, era necesario asegurar la
libertad de la evangelización en las tierras recién
descubiertas y en los países donde el cristianismo había
sido anunciado en tiempos lejanos, como China.
Sensibilidad
a los valores
de
las diversas culturas
3.
Si aquellos tiempos eran difíciles, no podemos decir
que los nuestros sean fáciles. Lo saben, sobre todo,
aquellos de vosotros que proceden de regiones donde la
guerra, las enfermedades y la pobreza causan a diario
numerosas víctimas. Por eso, es muv necesaria una
institución académica como la vuestra, que sepa
transmitir la ciencia filosófica, teológica, histórica
y jurídica dentro de las culturas de pueblos tan
diversos entre sí.
Vuestra
universidad, como afirmé durante mi primera visita, en
el año 1980, expresa el carácter universal típico de
la Iglesia católica. Quienes estudian en ella deben
tener una sensibilidad abierta a los valores de las
diversas culturas, confrontándolas con el mensaje evangélico.
Noventa institutos esparcidos por todo el mundo están
afiliados a vuestra universidad, testimoniando también
de este modo la apertura verdaderamente «católica»
que la distingue. Deseo enviarles un saludo especial:
cultivad siempre en el corazón y en la investigación
académica este carácter universal, tan valioso en
nuestro mundo dividido, que tanto exalta lo particular,
ya sea de la persona, del grupo, de la etnia o de la
nación, hasta perjudicar a veces el compromiso de la
solidaridad.
La
violencia, el terrorismo y la guerra no hacen sino
construir nuevos muros entre los pueblos. Vuestra
universidad es un gimnasio de universalidad, en el que
se debe poder respirar el sentido de comunión profunda
que caracterizaba a la comunidad cristiana primitiva (cf.
Hch 4, 32).
La
misión es un compromiso
siempre
actual
4.
Precisamente el año pasado celebramos juntos
solemnemente el décimo aniversario de la encíclica
Redemptoris Missio. Este documento debe ser para
vosotros un programa de estudio y de vida. En él hablé
de una misión que aún está al comienzo, después de
dos mil años de vida cristiana. La misión es un
compromiso que continúa también hoy: este es el espíritu
que debe animar vuestra vida espiritual y académica.
Forma
parte de este espíritu, hoy de modo particular, el
desarrollo de una atención especial a las culturas de
los pueblos y a las grandes religiones mundiales. Sin
renunciar a afirmar la fuerza del mensaje evangélico,
es una tarea importante, en el mundo desgarrado de hoy,
que los cristianos sean hombres de diálogo y se opongan
al enfrentamiento de civilizaciones que a veces parece
inevitable.
Por
eso, mirando al futuro, sería de desear que la
Urbaniana se distinguiera entre los ateneos romanos
precisamente por una atención particular a las culturas
de los pueblos y a las grandes religiones mundiales,
comenzando por el islam, el budismo y el hinduismo y, en
consecuencia, considerara cuidadosamente el problema del
diálogo interreligioso en sus implicaciones teológicas,
cristológicas y eclesiológicas. Sé que ya estáis
desarrollando con intensidad este sector de la
investigación, también en colaboracíón con la
Congregación para la evangelización de los pueblos y
con el Consejo pontificio para el diálogo
interreligioso, con el espiritu de la encíclica
Redemptoris Missio.
Formación
integral
5.
Por último, os exhorto a no olvidar que la finalidad
del Colegio Urbano, del que habéis nacido como
Universidad, es la formación integral de sus alumnos.
La Iglesia del tercer milenio necesita sacerdotes,
religiosos y laicos que scan santos y cultos. «No se
trata de inventar un nuevo programa – escribí en la
Novo millennio ineunte –. El programa ya existe. Es el
de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición
viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que
hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la
vida trinitaria y transformar con él la historia hasta
su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (n. 29).
Este
programa es válido para todos, también para vosotros,
queridos profesores y alumnos de la Pontificia
Universidad Urbaniana, del Colegio Urbano y de los
colegios dependientes de la Congregación para la
evangelización de los pueblos. Que el Señor sea el
centro de vuestro estudio y de vuestra vida, para que
estéis animados por el amor al Evangelio que llevó a
los testigos de los comienzos hasta los confines de la
tierra.
A
la vez que os deseo un año jubilar rico en frutos para
vosotros y para todos los que os acompañan con su
amistad y su apoyo, os encomiendo a la protección de la
Virgen María, Sede de la Sabidnaría, y a todos os
bendigo de corazón. |