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La
Pontificia Universidad Urbaniana cumple 375 años. El
Papa Urbano VIII instituyó el Colegio Urbano en el
Palacio de Propaganda Fide, en la Plaza de España, en
el lejano 1627. El Colegio, además de la misión de
formar en el espíritu misionero a los que se habrían
dirigido a las “tierras paganas” para comunicar el
Evangelio, tenía además el encargo de ofrecerles una
formación filosófica y teológica adecuadas. También
la que después se transformaría en la Universidad La
Sapienza era un Colegio, como también el Colegio
Romano, del que nacería la Universidad Gregoriana. Era
el año 1627. Ya desde hacía algún tiempo, el
sacerdote español Juan Bautista Vives había reunido un
grupo de sacerdotes que se debían preparar para ir a
las tierras paganas para anunciar el único Evangelio de
Jesucristo. El Papa Urbano VIII reconoció como
institución de la Iglesia ese Colegio y con la Bula
Immortalis Dei Filius lo erigió en Colegio Urbano, poniéndolo
bajo la protección de los Príncipes de los Apóstoles,
Pedro y Pablo. De este Colegio provienen los tres
colegios actuales de seminaristas y sacerdotes
dependientes del Dicasterio, es decir, el Colegio Urbano
y los colegios de San Pedro y de San Pablo. Desde el año
de la fundación (confirmada en 1641), se concedió al
Colegio el privilegio y el derecho de conferir el título
de Doctor, reservado al Studium Urbis, actual
Universidad La Sapienza de Roma. Esto significa que
desde sus inicios esta institución asume una precisa
función académica equiparable a la que más tarde será
asumida por las universidades, aunque el Beato Juan
XXIII la haya erigido como Universidad hace sólo 40 años.
Durante los días 28 al 30 de noviembre de 2002,
ha tenido lugar en la Universidad un convenio histórico-teológico
para volver a recorrer los momentos más significativos
de estos años de historia. De hecho, es un deber
recorrer la rica historia de estos 375 años. Porque la
historia no nos pertenece; no somos nosotros sus únicos
artífices. Otros, antes que nosotros, han creído y han
sufrido; la han construido, a menudo, con el sacrificio.
Podemos recordar sólo a algunos de entre quienes han
pasado por las sedes del colegio y que la Iglesia ha
reconocido como santos, como, por ejemplo, el mártir
Oliver Plunkett, profesor en el Colegio del 1657 a 1669;
o también el Beato Cardenal Henry Newman, que fue
estudiante en el Colegio. otros muchos que han entrado
por las puertas del Colegio Urbano y de la Universidad
Gregoriana deben contarse entre los testigos de la fe
que Juan Pablo II ha querido recordar durante el Gran
Jubileo del 2000. Todos forman parte de la que nos gusta
llamar Familia Urbaniana, que hunde sus raíces en el
antiguo mandato misionero que Jesús confió a los Apóstoles,
de comunicar el Evangelio hasta los extremos confines de
la tierra, y que nunca ha cesado de suscitar en la
Iglesia hombres y mujeres que lo hicieran tarea propia
de un modo del todo particular.
El Colegio Urbano formaba parte de aquél
renovado esfuerzo misionero que caracterizaba la primera
parte del siglo XVII, cuando la Iglesia había tomado
conciencia de los peligros consiguientes a la conexión
demasiado estrecha con las potencias coloniales a través
de la institución del patronato, que a veces podía
poner en dificultad la libertad misma del anuncio evangélico.
Como se ve en las memorias de Francesco Ingoli, primer
Secretario del nuevo Dicasterio de Propaganda Fide, el
espíritu que debía animar el Colegio estaba
estrechamente unido al del Dicasterio de Propaganda.
Junto al núcleo del Colegio, diez años más tarde,
surgieron otras dos casas para alumnos, que albergaban
estudiantes de varios países: dos georgianos, dos
persas, dos nestorianos, dos jacobinos, dos melquitas,
dos coptos, siete abisinios y seis brahmanes de la
India. Es el signo emblemático de la internacionalidad
y de la interritualidad que califican, desde sus orígenes,
las instituciones unidas al Colegio. En este sentido, el
colegio con sus anexos, se distinguía por su misma
naturaleza de los otros colegios nacionales que existían
entonces en Roma. Lo dice la Bula papal, cuando llama al
Colegio “unum apostolicum” (Immortalis Dei Filius,
1), es decir, no cualificado por la nacionalidad de los
estudiantes, y, además, directamente dependiente del
Papa.
Estas breves noticias sirven para resaltar
algunas características del Colegio desde sus orígenes,
y que califican la Universidad todavía hoy, y que
quisiera resumir así: misionariedad, universalidad,
interés por las culturas de los pueblos, inculturación
de la fe. Uno de los caminos de la inculturación pasa,
como siempre, a través de un cristianismo que echa raíces
por medio de hombres que provienen de los países donde
se comunica el Evangelio.
He hablado de misionariedad. No me entretengo
mucho en este aspecto. Todos lo tenemos presente. Es la
primera característica de la Pontificia Universidad
Urbaniana, única universidad misionera de la Iglesia
católica. Esto significa compartir, sobre todo, un espíritu,
que vuelve a ser propuesto con mucha fuerza por la
Redemptoris Missio, espíritu que debe informar la
investigación, el estudio, la enseñanza. Nuestra
Universidad asume una dimensión que la introduce
inmediatamente dentro del tejido variado de las culturas
y de los pueblos. Como institución académica, mientras
por una parte vive la tarea de profundizar los misterios
de la fe, por otra experimenta la necesidad y la
instancia de conjugarles adecuadamente con las
diferentes realidades históricas y culturales sin
perder la naturaleza de su sentido y su fundamento. Según
el modelo bíblico, es consciente de que la Palabra de
Dios es una síntesis fecunda de un don de Dios que
asume cada vez los rasgos del lenguaje humano en una
admirable trama. Por esto, la Urbaniana, ya desde sus orígenes,
concibe el anhelo misionero no como contraposición,
sino como comunicación de un Evangelio que se acerca al
hombre en su diversidad y en su sed de verdad. En una
palabra, el paradigma misionero se convierte en la
Urbaniana en una opción prioritaria y en un estilo de
investigación y de diálogo.
Esta misionariedad se convierte en universalidad.
A pesar de encontrarnos en un mundo globalizado, parece
que crecen las divisiones culturales y las oposiciones
entre individuos, grupos, etnias y pueblos, fragmentando
así la convivencia humana. La caída del muro de Berlín
y el final de las ideologías habían hecho pensar en un
mundo sin conflictos. Pero no ha sido así. Se han
multiplicado los conflictos; el terrorismo se ha
convertido en una amenaza constante; las más peligrosas
armas están al alcance de todos. Precisamente por esto,
la universalidad que se respira en la Urbaniana, puesta
de manifiesto tanto por la presencia de estudiantes
provenientes de muchos países, como por los 90
Institutos Afiliados repartidos por 40 países del mundo,
se convierte en un programa de vida y de estudio.
No podemos renunciar a afirmar el espíritu
universal de la Iglesia Católica, que, sin mezclas o
sincretismos, hace posible trabajar en favor de la
superación de conflictos, de la convivencia entre los
que son diferentes, en favor de la construcción de la
unidad de la familia humana que nos conduce hacia la
realización plena del reino de Dios. La universalidad
no debilita la fuerza de la fe en la singularidad salvífica
de Jesucristo, al contrario, la refuerza en su intrínseca
necesidad de comunicación. Al mismo tiempo, la
universalidad no niega la identidad del particular, que
es acogido en su riqueza e integrado en una nueva
dimensión que se convierte en cultura nueva, capaz de
transformar lo humano. Por eso, a través de los años,
la Urbaniana se ha mostrado atenta a los desafíos del
mundo, sin perder la relación con la tradición de la
Iglesia. Un ejemplo entre otros muchos: Cornelio Fabro
inició el “Instituto para el estudio del ateísmo”,
que con el tiempo se ha transformado en el “Instituto
para el estudio de la no creencia, de las religiones y
de las culturas”.
No se trata simplemente de equiparación con la
modernidad, sino de acogida de un desafío que conduce a
una atenta reflexión. Mirando hacia el futuro, quizás
se pueda y se deba pensar en una Facultad para el
estudio de las Religiones y de las culturas que proponga
una sólida reflexión sobre la unicidad salvífica de
Jesucristo, en cuyo horizonte las grandes religiones
puedan expresar su riqueza y afirmar su valor salvífico.
Juan Pablo II nos ha confiado esta tarea de un modo muy
especial, precisamente durante la audiencia que nos ha
concedido con ocasión de los 375 años.
Contrariamente a todo cuanto se pueda pensar,
misionariedad no es, de ningún modo, conservadurismo
cultural. Al contrario. Es la continuación de una misión
que el Padre ha confiado a Jesucristo, que ha sido
consignada a los Apóstoles, continuada en los siglos,
que ha sido constitutiva de la Iglesia y que, desde
siempre, ha sido para los cristianos un modo de vivir la
fe en el mundo, en medio de sus problemas y de sus
conquistas, aceptando que la kenosi de Dios culminada en
Jesús de Nazaret continúe realizándose en la historia.
Es verdad, la Universidad se presenta hoy con una
riqueza y una complejidad que son un signo evidente del
camino recorrido en el tiempo. Cuatro Facultades (Filosofía,
Teología, Derecho Canónico, Misionología), diferentes
Institutos y Centros de investigación, Cursos
particulares, procuran conjugar la rica historia con las
nuevas instancias del mundo contemporáneo. La radical
reestructuración de la Facultad de Misionología es el
signo más evidente de una renovada atención de la
Urbaniana a los temas misionológicos, a la inculturación,
al diálogo con las grandes religiones. El haber hecho
estables a muchos profesores durante los últimos años,
hace ya posible emprender con decisión el camino de la
investigación y de una reflexión teológica más
robusta y más exigente. Todas las Facultades están
implicadas en este esfuerzo. La Filosofía, con una
atención particular; la Teología, que ha introducido
el curso de Teología de la misión en el curso
institucional, y que procura dar un carácter misionero
a toda la enseñanza y a la investigación, sobre todo
en las especializaciones; el Derecho, con la reanudación
de una reflexión sobre el Derecho misionero; el
Instituto Superior de Ciencias Religiosas, con un carácter
típicamente misionero y, por ello, incorporado a la
Facultad de Misionología.
Por eso, hoy, la Universidad Urbaniana mira hacia
el futuro con esperanza, consciente de la tarea que le
ha sido confiada y que hoy, después de 375 años, le es
confiada de nuevo como un mandato de estudio y de vida
en el mundo contemporáneo. Hagamos nuestro el programa
que Juan Pablo II ha confiado a toda la Iglesia después
del Jubileo del año 2000: bogar mar adentro de nosotros
mismos para volver a situar en el centro de nuestra vida
y de nuestro estudio en la Urbaniana a Jesucristo (NMI
29) y para emprender la “gran aventura de la
evangelización” (NMI 58).
He dicho durante la inauguración del año académico:
“Un Jubileo no puede dejarnos iguales ni a nosotros
mismos ni a la Universidad”. Es muy difícil decir qué
llegará a ser esta realidad tan gloriosa, pero nutro la
esperanza de que pueda servir a la Iglesia y al mundo
con generosidad e inteligencia, hundiendo las raíces en
el rico patrimonio de la Iglesia, y atenta, al mismo
tiempo, a los desafíos de la complejidad del mundo,
“siempre dispuesta a dar razón de la esperanza que
está en nosotros”, como dice la primera carta de
Pedro (3, 15).
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